AGONIZANDO EN EL TINGO – S.Donoso B.
Ayer pasó algo de lo más extraño, de esas cosas que constituyen cuentos propios del realismo mágico. Estábamos en la casa de mi papá en El Tingo, donde dormí con los dos osesnos. Como a las 11 un perro negro y peludo entró al jardín corriendo a medias, tambaleándose, arrastrándose hasta situarse en la pared del fondo, debajo de unos matorrales. Tenía rigores, temblaba, se quejaba de dolor, doblaba sus ojos. A ratos trataba de incorporarse y parecía que las patas traseras no le respondían. Su desesperación era evidente. Mordió unas ramas verdes y las masticaba velozmente. El “Coco”, nuevo perro de mi papá, quiso atacarlo. No se lo dejamos. Con esfuerzo, el aterrado invasor se pasó a la esquina opuesta, donde siguió expirando por una media hora más. En total, agonizó por unos 45 minutos. Los cuatro humanos, y el “Coco” vimos impotentes agonizar al perrito. Comprobada su muerte, hacia la media tarde, en una sencilla ceremonia y todavía confundidos por los hechos, abrimos un hueco en la huerta donde colocamos el cadáver. El José Ignacio hizo una lápida de madera que decía “R.I.P. Perro”, la pusimos encima y despachamos a este ser hacia el cielo de los perros, donde esperamos que esté corriendo feliz, por bellos prados verdes, sin que nada le falte, lejos de todo el horrible dolor previo a su muerte, impotentemente contemplada una tarde de domingo.
Categorías:Uncategorized