Vuelo en LIPA-SUR / Año 1952

A inicios del 52 viajamos los Gumucio con la mamá, de algún lugar no lejos de Panguipulli a Santiago en avión. Procedentes de Neuquen, habíamos llegado a esa ciudad lacustre, desde nos trasladamos en tren hasta un lugar cuyo nombre no recuerdo y donde tomamos el avión perteneciente a la linea aérea LIPA-SUR, la primera línea comercial privada en Chile. El avión era un De Havilland DH-89, Dragon Rapide de doble ala (!), con capacidad para SEIS pasajeros. Al subirme, con mis 8 años, el piloto me dijo en forma un tanto perentoria, – Tú te sientas aqui, al lado de la puerta, para hacer contrapeso.
Me acuerdo que eso me llamó bastante la atención y viajé muy ufano de ir cumpliendo una importante misión. Por ese entonces trabajaba en esa línea nada menos que la famosa pionera de la aviación chilena Margot Duhalde (n.1920), y me hubiera gustado poder decir que fue ella quien me asignó el asiento, pero nó, de hecho fue un varón / JCG

A continuación se reproduce aqui un extracto del Capítulo Séptimo  “El Regreso” de su autobiografía “Mujer Alada”:Comienza con su regreso a Chile una vez terminada la Segunda Guerra Mundial:

En Los Cerrillos me esperaban mis padres, algunos de mis hermanos, que eran casi desconocidos para mí por haber dejado de verlos cuando eran muy jóvenes, algunos curiosos y periodistas que nunca faltaban. Entre los curiosos estaba un piloto de la LAN, a quien había conocido antes de partir a la guerra cuando era un suboficial de la FACH. Como único saludo me preguntó cuántas horas de vuelo tenía, al contestarle, me dijo: ¡Bah, yo tengo más! y se alejó dejándome con la rara impresión que no sería bien recibida en el gremio de pilotos. Efectivamente fue así… Días después ofrecí mis servicios a LAN, que por entonces necesitaba con urgencia pilotos de experiencia y me rechazaron por mi condición de mujer, pero aceptaron a ex pilotos de la RAF con mucho menos experiencia que yo.

El tiempo pasaba y mi angustia aumentaba. Vivía de allegada en casa de mi hermana Aurora y su esposo; no tenía trabajo, ni esperanza de conseguir uno en lo único que sabía hacer: volar. No tenía amigos después de tantos años fuera del país. Mis familiares eran seres extraños para mí, no teníamos nada en común. Chile también lo era, todo lo encontraba raro, todo me asustaba, incluyendo la cordillera. Cada vez que salía de casa, tenía la impresión que las montañas se me venían encima. Las personas que me visitaban y que habían sido mis amigos, sólo iban a verme para preguntar sobre la guerra, hasta que llegó el momento en que los nervios me fallaron y me convertí en una pequeña salvaje que no quería recibir ni hablar con nadie.

Recuerdo que un periodista me definió como una especie de gringa y de salvaje. Sinceramente creo que así era hasta que me encontré nuevamente a mi misma, a mi gente, y, sobre todo a mi país, y eso sucedió el día en que don Julio Menéndez Prendes me ofreció un trabajo como su piloto particular. Este ofrecimiento me cambió la vida, mi trabajo como su piloto consistía en llevarlo dos veces por semana al aeródromo de El Belloto; él continuaba viaje a Valparaíso, donde asistía a reuniones de la Interoceánica de Vapores como su vicepresidente. Durante los meses de verano, yo aprovechaba las horas de espera para ir a bañarme y almorzar en distintos restaurantes de la playa, todo pagado por mi generoso patrón. Como por largo tiempo había sido noticia para todos los diarios, la gente me reconocía, me miraban y cuchicheaban, con gran disgusto de mi parte que me sentía observada como un animal enjaulado. En una ocasión en que almorzaba en la playa de Las Salinas, el garzón que me atendía me solicitó un autógrafo para su hijo que, según él, era mi gran admirador y tenía su dormitorio repleto de mis fotos y me sugirió que comiera erizos. Mis vecinos de mesa me miraban y comentaban lo valiente que era yo. El mozo regresó con el plato de erizos con la pancora pataleando en el medio; al verla, me levanté de la mesa dando un tremendo grito, volcando mesas, sillas y platos, echando así por tierra la imagen de heroína que tenían mis ocasionales vecinos.

Por orden de mi patrón también hacía continuos viajes a la Región de los Lagos con sus familiares o amigos. Recuerdo uno, particularmente simpático, cuando llevaba como pasajeros a don Alfonso Campos Menéndez y a don Jorge Errázuriz en campaña política a Llanquihue. Los dos, grandes señores y caballeros, tenían además la cualidad de ser sencillos y simpáticos. A los dos les gustaba hacerme bromas, al llegar a los hoteles ordenaban que se enviara a mi departamento un canastillo de flores o una gran caja de chocolates; después, haciéndose los inocentes pasaban a buscarme para la cena y al ver los regalos se hacían los sorprendidos y me decían bromas sobre un posible admirador. Fue gracias a esos viajes y a ese tipo de personas que empecé a reconciliarme y reencontrarme con mi país. Pocos meses después de empezar a trabajar como piloto privado de don Julio Menéndez, se formó LIPA-SUR, compañía comercial que empezó a operar con DH Rapide, bimotores con capacidad para seis pasajeros, y en cuya sociedad, el señor Menéndez era uno de los socios. Yo pasé automáticamente como piloto de LIPA-SUR, siendo su único otro piloto, el gerente Juan Muñoz Urzúa.

En principio, LIPA-SUR operaría entre Santiago y Castro, aterrizando únicamente en los aeródromos en los cuales no operaba LAN. Fue así como una mañana en el verano entre 1948 y 1949, partimos rumbo sur para conquistar el mundo, o mejor dicho, a los chilotes que sabían poco o nada de aviones. Me acompañaba Juanito Muñoz y dos más de sus socios fundadores: Mario Fuenzalida y Rafael Cañas. Nos instalamos primero en Puerto Montt y después en Osorno, con el objeto de hacer vuelos diarios a Chiloé, y dos veces por semana a Santiago. Los habitantes de Chiloé, ya sea por curiosidad o por decir que habían volado, se mostraron muy entusiastas al principio, pero muy luego se dieron cuenta de que el avión, si bien era mucho más rápido que viajar por mar, también era mucho más caro y… ¿quién tenía apuro después de todo?

Los vuelos siguieron regularmente, aunque el avión raramente se completaba. Muy a menudo sucedía que iban desde Castro a Osorno o desde Ancud a Osorno, pero sólo tomaban pasaje hasta Puerto Montt, para continuar después por tierra a fin de abaratar en algo el viaje. Durante esa temporada de vuelo y las que siguieron después, recuerdo con especial cariño al desaparecido doctor Manuel González, piloto del Club Aéreo de Ancud, quien, con su amistoso y cariñoso carácter, me hizo esos vuelos mucho más agradables a pesar de las pésimas condiciones atmosféricas en que normalmente se desarrollaban. El doctor González solía esperarme en el aeródromo de Pudeto e insistía en que debía quedarme a almorzar, para lo cual tenía que invitar a todos los pasajeros. Con anterioridad, él despejaba la pista de caballos, vacas y cerdos que agricultores vecinos usaban para el pastoreo de sus animales.

Durante esa temporada y las que siguieron más adelante, LIPA-SUR se fue haciendo cada día más popular, pero había pasajeros que en un comienzo se negaban a volar conmigo, por la única razón de ser mujer. Entonces era Juanito Muñoz el que tenía que convencer a los pasajeros que no había ningún peligro de volar conmigo por la experiencia que tenía, y una vez que lo hacían, se acostumbraban y en los vuelos siguientes reservaban los pasajes para los días que me tocaba a mí pilotar. Uno de mis más fieles pasajeros fue don Jaime Larraín García Moreno, quien hacía constantes viajes a Temuco.

En esa época era comandante de la Base Aérea de Temuco, mi querido y buen amigo el gringo Alfonso Scheihing. El gringo sabía que en mi recorrido de más de ocho horas de vuelo diario entre Santiago y Osorno, con sus innumerables aterrizajes intermedios, yo no tenía tiempo para detenerme a almorzar, por lo que a mi llegada corría con su auto, paralelo a mi avión para llevarme al casino de oficiales a comer un sandwich y beber un vaso de leche mientras el mecánico llenaba mi avión con combustible.

Ser piloto de LIPA-SUR no sólo era volar el avión, sino que además había que subir y bajar maletas, cargar aceite, ayudar a llenar los estanques de combustible, etc., tareas en las que los pasajeros solían ayudarme. Un día en que un elegante y joven diputado viajaba como mi pasajero, se ofreció muy galantemente para rellenar uno de los estanques de aceite, pero ya sea por desconocimiento o por descuido, se paró contra el viento fuerte que soplaba en ese instante y empezó su tarea de recarga, resultado es que se bañó de arriba abajo con aceite, estropeando totalmente su elegante temo. Yo sin saber qué decir en ese momento, solo atiné a un: «no ve lo que le pasó por intruso… «.

De los tres DH Rapide que tenía la compañía, uno no tenía baño. Un día, un pasajero, importante personaje norteamericano, jefe de la masonería, que era entradito en años, cuando volábamos a 9.500 pies a la cuadra de Chillán, rumbo a Temuco, se le ocurrió hacer «pipí» y yo le dije que lo sentía pero el avión no tenía baño. El afligido hombre me pidió aterrizar con urgencia, pero le contesté que era imposible, pues aterrizar en Chillán que era el aeródromo más próximo, nos tomaría una media hora descender y aterrizar; entonces me preguntó si tenía una botella, pero…, no, no la tenía.. Entonces ¿qué hacer? Miré a los pasajeros, la mayoría eran hombres, a excepción de una señora a cuyo marido yo creía conocer. Lo llamé a la cabina, le expliqué la emergencia y le pedí que por favor abriera la puerta del avión y sujetara al caballero mientras hacia su necesidad. Lo que sucedió a continuación fue para atacarse de la risa; mi supuesto conocido, de rodillas en el suelo se sujetaba al asiento trasero del avión con la mano derecha, mientras con la izquierda sujetaba al otro por las posaderas; el pipí, con el viento entró al avión y los mojó a los dos, mientras yo trataba de mantener el avión recto y nivelado, y hacía esfuerzos sobre humanos para no reírme. Una hora después cuando aterrizamos de emergencia en Lautaro por mal tiempo, el buen norteamericano desapareció detrás del hangar y volvió unos minutos después con una margarita para ofrecérmela. Continuó su viaje hasta Temuco, por tierra mientras yo esperaba mejores condiciones de tiempo para seguir. Luego de un par de escalas por mal tiempo, encontré a mi pasajero en Temuco y lo llevé en vuelo rasante por los ríos Toltén y Valdivia, hasta la ciudad de ese nombre. 

El personaje más pintoresco de nuestra compañía era el mecánico Mario Lobecci; un italiano flaco, chico y muy narigón, que más bien parecía jinete que mecánico. Hablaba muy poco castellano y tenía una fe ciega en mí, como piloto y una lealtad a toda prueba. Un día en que falló un motor tratamos de cruzar los cerros de Loncoche por Los Lagos, le pregunté qué hacíamos, si continuar a Osorno o regresar a Temuco. Mario se encogió de hombros y exclamó: «Usted es la comandante, signorina, los repuestos del avión están en Osorno, pero este motor se agarró un catarro muy grande y el tiempo está muy malo». A continuación agregó algo en italiano que me hizo reír mucho y nunca he olvidado: ¡ Donna e Motore, Gioia e Dolore ! (Mujer y motor, alegría y dolor).

Mario era soltero, al igual que yo; una tarde fuimos a dejar pasajeros de Osorno a Peulla y como nadie nos apuraba decidimos visitar el lugar y fuimos al «Salto de la Novia», cuya tradición dice que quien bebe agua de allí, se casa antes de tres meses. Nosotros, los tarados, bebimos y antes de tres meses yo me casé con Alfredo Burgos, a quien a penas conocía, y por supuesto, mi matrimonio fue un verdadero desastre. Mario, siguiendo mi ejemplo también decidió casarse y mandó a buscar su noviecita a Italia. Según sus propias palabras, le llegó un ropero de tres cuerpos y tuvo que mandar a hacer una cama de dos plazas para ella y una chiquita para él. El mecánico jefe de la compañía era don Carlos Barsch, hombre de gran experiencia mecánica aeronáutica que había llegado a Chile desde su país, Alemania, junto con los aviones Junkers que compró la FACH en la década de los años treinta. Don Carlos tenía un carácter firme y se hacía respetar, creo que todos le temíamos un poco, pero yo lo quería con su carácter y creo que él me correspondía a su manera. Una de sus obligaciones era probar y rodar los aviones desde nuestro hangar hasta el terminal del aeropuerto. Por supuesto que se aseguraba bien que los motores no tuvieran problemas, pero algo raro pasaba siempre conmigo; al llegar al cabezal y hacer la prueba de magneto dos o tres veces, estos fallaban. Don Carlos, sin poderse explicar lo que sucedía, llegó a la conclusión que yo tenía algo raro en mi cuerpo que hacía fallar los magnetos.

Avión De Havilland Dragon Rapid de Lipa Sur

La verdad estaba en que los aviones eran harto viejos; habían pertenecido a los adictos aéreos ingleses en Argentina, Chile y Perú por varios años, y antes de eso, con toda seguridad, a la RAF durante la Segunda Guerra Mundial o tal vez a la corona inglesa que solía usarlos ya que eran los mejores aviones bimotores de ese tiempo. Sus pequeños motores Gipsy-Queen de 130 HP eran fáciles de mantener, pero estaban agotados y las fallas empezaron a ser muy seguidas.

En cierta ocasión en que volaba entre La Unión y Temuco, con carga completa ya escasos 2.000 pies de altura, se me descabezó un cilindro del motor derecho, así es que regresé a La Unión a puras térmicas. En 30 minutos de vuelo perdí solo 200 pies. Fue la primera y última vez que utilicé mis conocimientos de vuelo a vela aplicados a un avión. Hay que reconocer que la aeronave tenía excelentes condiciones aerodinámicas, pero había que saber sacarle provecho. Sé de varios de mis compañeros que en condiciones similares no fueron capaces de mantenerse en el aire. Del instrumental mejor ni hablar, no tenía ninguna capacidad para vuelo por instrumentos. El alcance de su radio era tan pequeño que apenas se escuchaba en el circuito del aeródromo.

En otra ocasión, mientras iba despegando de Neltume, repentinamente salieron desde los árboles dos chanchitos, uno detrás del otro, muy ufanos con su pasito de polka y empezaron a cruzar la pista. Mi avión aún no alcanzaba la velocidad para pasarlos por arriba, pero llevaba demasiado recorrido como para abortar el despegue, por lo que me vi obligada a pasar el último chanchito casi tocándole la cola con mi rueda izquierda. El administrador de Neltume, un gringo simpatiquísimo que estaba observando la escena, casi tuvo un infarto y no encontró nada mejor que meterle una bala a cada uno, con gran indignación de mi parte cuando lo supe a mi regreso ese mismo día. No es necesario decir que me negué a comer asado de chancho, alegando que yo no comía carne de animales conocidos. Neltume era una de las pistas más difíciles en que solía aterrizar, especialmente en verano, situada casi en medio de la cordillera, entre los lagos Pirihueico y Panguipulli. Era una franja de tierra robada a la selva, orientada de este a oeste. Aterrizando hacia el oeste, tenía un enorme cerro que se debía pasar a escasos metros en viraje cerrado a la izquierda, después de haber hecho el tramo con el viento casi a ras de los grandes árboles que rodeaban la pista. Llegar hasta ella cuando las condiciones eran marginales resultaba otro problema, porque había que volar muy bajo siguiendo los valles, siempre con la preocupación de no meterme equivocadamente en algún valle sin salida y el riesgo evidente de incrustarme en una ladera.

Parecería que no era buen negocio ir a Neltume, por lo aislado y la poca población, pero en realidad teníamos suficientes pasajeros como para ir permanentemente. Lo malo era que allí no teníamos agente, ni despachador, por lo que el piloto tenía que hacer todo, desde cargar maletas, hasta calcular el peso de pasajeros y equipajes. En esas ocasiones solía preguntarles su peso y de sus maletas, para estibar el avión. Un día llegaron tres robustos argentinos con sus respectivas y no menos robustas esposas. Después de preguntarles por su peso y el de los equipajes, saqué mis cálculos y procedí a embarcarlos. Aún no terminaba la carrera de despegue cuando me di cuenta que el avión iba sobrecargado, pero era demasiado tarde para abortar el despegue y tuve que continuar. Al fin salimos del suelo y empezamos a montar lentamente, veía los árboles al final de la pista acercándose rápidamente y por un momento pensé que nos estrellaríamos, pero mi «ángel de la guarda» vino una vez más en mi ayuda y los pasé justos porque rocé la copa de los árboles con el tren de aterrizaje que era fijo.

El resto del viaje, hasta Temuco, lo hice a full potencia para mantener el avión en el aire, rogándole a todos los santos que no me fueran a fallar los motores, por lo menos mientras volaba sobre el lago Panguipulli y jurándome a mi misma que mataría a los argentinos y a los ejecutivos de la empresa por no tener ni una romana en el avión.

Tiempo después ingresaron a LIPA-SUR como pilotos, Arturo Prado, ex LAN, Oscar Boetto y Hernán Salas, ex FACH, y un alemán cuyo nombre no recuerdo, que más tarde fue piloto de Lufthansa. Salas y el alemán eran dos buenos ejemplares de belleza masculina y las mujeres simplemente se volvían locas por ellos. Por ese entonces LIPA-SUR hacía vuelos todos los fines de semana a Pucón y Puyehue, además de vuelos locales por la Región de Los Lagos. Cuando el avión aterrizaba procedente de Santiago todas las veraneantes corrían al aeródromo al encuentro de los pilotos, pero cuando el piloto era yo, se podía leer con facilidad la desilusión en sus caras.

Durante los inviernos la empresa suspendía sus vuelos al sur del país y se dedicaba a transportar pollos recién nacidos hacia Ovalle y La Serena. Le sacaban los asientos a los aviones y los reemplazaban por cajas llenas de miles de estas bulliciosas avecitas. El piloto era el primero en subir y último en bajar del avión ya que una vez que subían las cajas no quedaba espacio para llegar hasta la cabina. Además de lo molesto que era oír el pío pío durante todo el vuelo, también era sumamente desagradable el olor y los miles de plumitas volando alrededor dentro de la cabina.

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Quedó bastante largo ésto pero tiene mucho interés tanto por sus relatos sureños como por lo bien que ilustra lo difícil que podía ser entonces para una mujer no ajustarse a las normas por demás machistas de la sociedad.  El texto está aqui bastante resumido, pero por lo bien escrito y bien balanceado que está entre lo personal, lo anecdótico y lo profesional, realmente vale la pena leerlo en su integridad  http://www.pilotosretiradoslan.cl/conicas/Margot.htm

 

3 comentarios en “Vuelo en LIPA-SUR / Año 1952

  1. Estos son los orígenes de Cocha, Compañía Chilena de Aviación, que más tarde fundarían los Menéndez y Mario Fuenzalida. Hoy es la agencia de turismo más grande de Chile.

  2. Novedad para mi el origen del nombre Cocha, no se me hubiera ocurrido.
    Esos aviones Dragon Rapide tenían fama de ser muy seguros, pero ahora, después de todos estos años, uno se viene a enterar que los motores de esos aparatos de Lipa-Sur estaban «agotados» !! No creo que lo supieran tampoco nuestros padres cuando compraron los pasajes ….

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