Ese dia lejano ya en que Victoria desapareció

(Serie “Relatos de mi pueblo maldito”)
En las postrimerías de su vida, cuando aún no le fallaba la memoria, Heinrich Mayer se recordaba del tiempo en que el pueblo de Victoria desapareció del mapa. Este colono suizo del cantón de Argovia se murió soñando que volvería un día a su patria con mayor fortuna. Sus bisnietos todavía recuerdan esta historia que se sigue transmitiendo de generación en generación.
Mayer juró en nombre de todos los santos juntos, que esa mañana del último día del otoño de 1895 no había bebido gota de alcohol alguna, si bien admitió mucho después, que antes de enyuntar sus bueyes le agregó un poco de aguardiente a su taza de café amargo; pero solo para soportar el frío que le calaba los huesos -precisó-.
Esa mañana debía salir temprano desde su hijuela de la colonia de Dumo hasta Victoria para entregar al molino del bajo Traiguén su carreta de trigo para transformarla en harina para así pasar un mejor invierno, que ese año se anunciaba frío y lluvioso en la Araucanía.
Al salir de la concesión los bueyes de su carreta tomaron por un atajo que el no utilizaba, pero que le pareció acertado porque era el camino más corto para llegar a Victoria. También era el más seguro pues no atravesaba por marañas de bosques donde una vez unos bandidos chilenos lo habían asaltado despojándolo de sus provisiones y de un gran barril de vino, la perdida más sentida, según me contó años después Karin, su bisnieta.
Cervecerías y destilería en Victoria, fines del siglo XIX
La aldea de Victoria no quedaba muy lejos de su hijuela y a menudo durante las noches en que no había neblina, podía ver las luces fosforescentes de sus faroles. Viajar al pueblo era para él una expedición rutinaria que repetía desde el año 1885 en que se instaló como colono en Dumo.
Esa madrugada Victoria había amanecido « como de costumbre » -recuerda Mayer-, es decir cubierta con una espesa neblina de otoño que solo se despejaba al promediar las 12 del día, una rutina muy peculiar de mi pueblo maldito que fue construido en una colina de selvas impenetrables. La selva oscura la llamaban los mapuches por su espesor.
Un pueblo de fantasmas
Mayer estaba acostumbrado a penetrar ese espeso manto neblinoso, donde a veces la visibilidad permitía divisar un bulto no más allá de cinco metros. Llegar de madrugada era como encontrarse con un pueblo de fantasmas, donde solo brillaban en la niebla los ojos de los perros vagos cuyos ladridos hacían aún más patente la sensación de encontrarse en un pueblo fantasmagórico. Pero Mayer no tenía miedo y se conocía el camino hasta el molino de memoria, más aquella vez que llevaba una linterna y para no perderse, siempre se guiaba por los puentes y la línea del ferrocarril.
Empero, aquella madrugada la neblina era más densa que de costumbre, al extremo que Mayer no conseguía orientarse por las siluetas de los puentes, ni tampoco escuchó el pitazo de la locomotora del tren de las cinco de la mañana que anunciaba su parada en la Estación de Inspector Fernández. Pero tampoco se inquietó porque a menudo ese tren matinal del norte se atrasaba esperando la combinación con los pasajeros de Angol en la estación de Renaico.
Ese día en que Mayer quedó para siempre como un mentiroso para sus compatriotas, recuerda que cuando penetró en la densa neblina no logró distinguir nada y hasta tuvo que ayudarse con su linterna para encontrar el puente carretero del río Traiguén, la principal entrada al pueblo de entonces. Lo que si le llamó la atención, fue que los bueyes disminuyeron los trancos a penas ingresaron a la principal arteria de la naciente aldea. Se sintieron como desorientados, avanzaron inseguros, al extremo que tuvo que animarlos con la picana y pronunciando a viva voz sus nombres en suizo alemán: Morgensten und Wunderlich: ¡ kraft, wir !
Pero no hubo caso, los bueyes no apresuraron los pasos, como si les hubiera entrado el miedo por las coyundas. Fue entonces que le extrañó que hasta ese punto los perros callejeros no habían salido a ladrarlos, como siempre sucedía y que todo alrededor estaba en silencio. Pensó entonces que tal vez se había extraviado y volvió hasta el puente y con la picana obligó a los bueyes a seguir derecho por el camino, pero mientras más avanzaban, más densa era la niebla. Los animales seguían desorientados y tras calcular que el molino no debería estar tan lejos, se dio cuenta que no habían casas, ni postes del alumbrado público y menos aún gente en la calle. Parecía una aldea de fantasmas. Cuando creyó reconocer la cervecería artesanal de su amigo Werhli, gritó su nombre para que los perros lo reconocieran, pero la única respuesta fue el silencio.
Mayer cuenta que superando el miedo y asegurándose que de verdad estaba «sano y bueno», recorrió el camino hasta darse cuenta que había tomado el rumbo hacia el camino de Curacautín sin encontrar rastro de pueblo alguno. Tomó entonces una senda de Este a Oeste que lo dejó en la ruta que va hacia las colinas del Adencul, fuera de la aldea y con el mismo resultado. Al final desalentado, dejó a los bueyes que tomaran atajos a su antojo a través de la oscura neblina. Total, dijo, caminando se atenúa el frío, y de todas maneras había que esperar hasta las 12 del día para que la neblina desapareciera. Pero a esa hora la oscuridad seguía siendo la misma que a las 5 de la mañana y ni rastros de Victoria.
Nadie le creyó
Como buen suizo perseverante, Mayer no se dio por vencido y siguió buscando hasta que el cansancio venció también a los bueyes. Enfurecido y temiendo que la noche hiciera más negra aún esa bóveda donde se encontraba perdido, le gritó a sus animales la consigna de rigor: ¡Zuhause !, para la casa, y como tocados por una varita mágica, Morgensten y Wunderlich no tardaron en atravesar a grandes trancadas el puente que conducía hasta la colonia de Dumo.
Su esposa y sus hijos se sorprendieron verlo llegar con la carreta con los mismos sacos de trigo y los vecinos no tardaron en llegar a preguntarle si el molino estaba cerrado, o tenía sus máquinas averiadas. Mayer, con su paciencia legendaria contó una y otra vez la historia, pero nadie le creyó. Todos concluyeron que el líquido que bebió al desayuno, contenía más aguardiente que café amargo.
Turbado, pero ya repuesto de su enojo porque nadie le había creído, a la mañana siguiente volvió a madrugar y con los mismos bueyes retornó a Victoria. A las cuatro de la tarde apareció en la hijuela con su carreta cargada de sacos de harina blanca, la mejor de toda la colonia. Esa noche no paró de maldecir al pueblo hasta que se durmió.
Para que no lo tildarán de loco, asumió su oscuro entendimiento. Nunca más volvió a Victoria y entró en un mutismo del cual no saldría hasta el resto de sus días. La rara vez que lo sorprendieron hablando solo, balbuceaba que ese día Victoria había desaparecido bajo la niebla, pero ya nadie le hacía caso.
Ginebra, otoño de 1985
Karin, la bisnieta de Mayer que había retornado años después a la patria de sus ancestros, me llamó desde Berna donde estudiaba entonces, para entregarme una copia de unos documentos en alemán que había descubierto en los Archivos federales. Se trataba de un cuaderno inédito escrito por el padre Ernesto Whilem de Moesbach que contenía varios relatos sobre la cosmovisión mapuche.
Entonces me enteré que aquel otoño de 1895, ese mismo que había descrito Mayer, se había cumplido la leyenda mapuche de la selva oscura, la del bosque sagrado, que existía en el mismo lugar donde en 1881 fue construido el fuerte Victoria. La leyenda contaba que cada 300 años ese lugar se vuelve invisible para los ojos extraños, desaparece, para que los indígenas no olviden lo que allí sucedió.
La leyenda tiene su origen en un suceso muy preciso. En las pocas veces que los soldados del ejército conquistador español consiguieron adentrarse en el territorio mapuche, emboscaron una junta de Lonkos que tenía lugar en las riveras del río Malleco. Habían sido delatados por un mapuche traidor de nombre Colipí. Acorralados y en desventaja numérica, los Lonkos escaparon hacia el sur y se refugiaron en un bosque impenetrable en un lugar llamado la selva oscura, el mismo emplazamiento del pueblo de Victoria actual. Ante el eminente peligro que los asechaba la machi del lugar invocó a los dioses del Wenu Mapu, la tierra de arriba, ese espacio divino, para que protegiera a los weichafes que acompañaban a los Lonkos. Ngenechen acogió la rogativa y envolvió con un espeso manto de neblina la montaña sagrada, lugar que nunca pudieron encontrar los invasores españoles.
Según la leyenda, cada siglo galáctico mapuche, es decir el equivalente a 300 años nuestros, el lugar desaparece bajo la niebla, se hace invisible para los afuerinos, para los extraños. Ngenechen lo protege. Ocurre el último día del otoño, como le sucedió al colono Mayer. Al padre Ernesto Whilem de Moesbach, la jerarquía católica nunca le permitió que publicara esta leyenda, quizás porque al final de su relato agregó que este “milagro mapuche” se volverá a repetir en el otoño de 2195.
Karin, al despedirse en el andén del tren que la conducía hasta Berna, me pidió que si alguna vez escribía esta historia, precisara que su bisabuelo no había mentido. Le sucedió.
Alberto Dufey, Ginebra otoño de 2017

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